Miguel Rodríguez nos recibió en su casa, rodeado de plantas y flores llenas de vida. Allí, entre recuerdos y anécdotas, nos contó parte de una historia atravesada por el trabajo, el sacrificio y una época muy diferente a la actual. Recuerda sus orígenes y las costumbres de aquellos años, cuando la vida cotidiana, el trabajo y la manera de pensar estaban marcados por otras realidades. Desde muy joven conoció el esfuerzo y dedicó gran parte de su vida al trabajo.
Pero la jubilación no significó para él el final de un camino. Después de jubilarse y atravesar la pérdida de su mujer, decidió retomar algo que había quedado pendiente: terminó la escuela primaria y luego la secundaria. El estudio se convirtió entonces en mucho más que una asignatura pendiente. Fue un nuevo motor para su vida, una manera de mantener la mente activa, aprender, conocer profesoras y compartir con nuevos grupos humanos.
Su historia habla de una búsqueda que no tiene edad: la posibilidad de seguir aprendiendo, encontrando nuevos intereses y construyendo motivos para levantarse cada día.
A continuación la nota completa
























































